Martes, 25/6/2019 | 10:46 UTC+0

La vergonzosa situación de la política peruana

Redactado por José Manuel Canales Foto: Internet
Un impulso primordial lleva a un gorila espalda plateada a erguirse en dos piernas. El lomo, convertido en puercoespín, se le eriza desafiante. Resopla, aúlla, y termina la ceremonia golpeándose el pecho con las manos. Ante el instinto de huir o atacar frente a una amenaza, ha decidido atacar. O, en todo caso, hacer creer que está a punto de desatar una furia terrible.
Transmitir una amenaza preventiva —no necesariamente en capacidad de ser defendida— es uno de los espectáculos de hiperbolismo natural más vistosos. Los humanos lo hemos degradado a fanfarronada con ínfulas de ciencia especulativa. Tal es el caso de un embustero bluff en póker o de un mañoso know how político. Media training, le llaman los que cobran por enseñar cómo se hace.
El problema de estos últimos es que de tanto repetirse evidenciando sus inexistentes consecuencias han devenido en rutinas circenses. Cómo olvidar el no se lo permeto de Alejandro Toledo, un monumento a la indignación como farsa.
La pechada verbal es parte de un cortejo hostil llamado atarante, estado de confusión orgánica que busca hundir al adversario en los pantanos del miedo y la inmovilidad. No en vano el nombre deriva del ser víctima de una picadura de tarántula. Como un veneno, el amedrentamiento vocal intoxica y paraliza.

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